Quienes tratamos de llevar una vida balanceada entre la familia y el trabajo, sabemos que lograrlo es un gran reto que nos lleva al límite de nuestras capacidades físicas y emocionales.

DIONICIO A. GALARZA MOLINA
PSICÓLOGO CLÍNICO

 

En esta ocasión me doy a la tarea de reflexionar sobre qué representa en nuestra vida y en el mundo moderno, tratar de lograr un balance de vida y lidiar con el estrés que esto genera.

Desde que nace como ciencia formal, la psicología ha entendido que la capacidad de amar y trabajar es un signo fundamental de salud emocional. Sin embargo, no podemos ignorar que nuestras circunstancias han cambiado radicalmente con el gran progreso tecnológico y económico de las últimas décadas. Junto con estos avances, también llegó una era en la que el ideal de alcanzar un éxito conjunto en el trabajo y en nuestras relaciones cercanas es cada vez más difícil de lograr.

¿A qué se debe esto? Una de las principales razones es que hay un gran desbalance entre las exigencias del mundo moderno y lo que nuestra naturaleza humana nos predispone a hacer. Vivimos en un mundo que se mueve a gran velocidad: mucha información que nos bombardea constantemente por todos lados, gran competencia en lo laboral, y bastantes retos que superar día con día. Todo esto se traduce en una sola cosa: estrés.

Nuestro “sistema operativo” para afrontar el estrés está obsoleto por lo que no es compatible con el tipo de dificultades a alas que nos enfrentamos hoy en día.

 

¿De qué hablamos cuando usamos la palabra estrés?

Muchos de nosotros tenemos una idea muy específica de lo que este concepto representa. Es ese malestar, ese peso que sentimos sobre nuestros hombros cuando nos enfrentamos a las dificultades de nuestra vida. Pero, ¿qué significa sentir ese estrés? ¿Qué está pasando en nuestra mente y en nuestro cuerpo cuando ese malestar nos atrapa y no nos suelta en todo el día?

Para contestar estas preguntas, primero debemos considerar un hecho de crucial importancia para entender el estrés: nuestro sistema nervioso (nuestro cerebro y las conexiones nerviosas que lo conectan con todo el cuerpo) no ha evolucionado desde hace 40,000 años. Esto quiere decir que aunque vivamos como personas civilizadas y complejas, la forma en la que nuestro cerebro y nuestra mente interactúan con el entorno es exactamente igual a como lo hacían nuestros ancestros de la Edad de Piedra.

Dicho de otro modo, usando un lenguaje computacional: nuestro sistema operativo para afrontar el estrés está obsoleto, por lo que no es compatible con el tipo de dificultades a las que nos enfrentamos hoy en día.

 

¿Por qué sentimos estrés?

Imaginemos por un momento a una persona que vivió en la Era Prehistórica. ¿Qué tipo de cosas le estresaban? Los estresores de este período eran muy elementales: no encontrar comida, ser objeto de ataques de depredadores o ser víctima de otras adversidades naturales. De este modo, cuando sentían estrés por estas cosas, ellos se sentían en peligro, y tenían que actuar de forma inmediata para ponerse a salvo. De ahí surge nuestro sistema de afrontamiento al estrés, que está diseñado para enfrentar peligros inmediatos, mediante reacciones físicas y emocionales que nos preparan para actuar en dos posibles sentidos: luchar contra dicho peligro o intentar escapar de éste.

Siendo así, tanto nuestros ancestros como nosotros mismos en el presente estamos adaptados evolutivamente para responder a un tipo de estrés que es muy intenso pero dura poco tiempo. De este modo, una vez que el peligro acaba y estamos nuevamente a salvo, podemos regresar a la normalidad y retomar nuestra vida con tranquilidad. Esto permite que nuestro cuerpo y nuestra mente se recuperen y se preparen para reaccionar a una nueva amenaza, ante la que deberán activar otra vez este sistema de defensa, y así sucesivamente.

¿El estrés del mundo moderno es igual al estrés ancestral? Realmente no. De hecho, es prácticamente lo opuesto. En el mundo moderno vivimos inmersos en un tipo de estrés que nunca se sentirá tan intenso como el de ser perseguido por un depredador prehistórico, y más bien será suave, a veces casi imperceptible. El problema es justo ese: como es mucho menos intenso, a veces simplemente nos acostumbramos a cargarlo a cuestas y a tenerlo siempre, y nuestro cuerpo y nuestra mente nunca tienen oportunidad de recuperarse. Este es el estrés crónico.

 

El estrés nos desconecta

La próxima vez que llegues a casa después de un largo día de trabajo, nota tu conducta y tus emociones. ¿tienes ganas de hablar con tu familia?, ¿de hacer algo edificante?, ¿o lo único que quieres es sentarte en algún sillón y apagar tu cerebro?

Si esto último te parece más familiar, lamento decirte que estás siendo presa del estrés crónico del que hemos hablado en esta ocasión, y ese estrés crónico te está desconectando de tu entorno. Próximamente daré seguimiento a este tema y te explicaré cómo manejarlo mejor.