¿Te has comido la tristeza cubierta de chocolate o te has pasado un susto con pan? ¿Comes cuando te sientes sola o para relajarte después de un largo día de trabajo?

ANA ARIZMENDI
PSICÓLOGA Y PSICOTERAPEUTA
ESPECIALIDAD EN TRAUMA Y CONDUCTA ALIMENTARIA 

 

Comer es uno de los recursos más utilizados para gestionar emociones porque lo hemos practicado durante toda la vida.

Desde que somos bebés, comer se convierte en el primer recurso para disminuir el malestar y experimentar la seguridad de la cercanía con la madre. Al comer, un bebé no solo calma el hambre física, también satisface sus necesidades psicológicas de seguridad, amor, placer y pertenencia. Este aprendizaje tan temprano en nuestra vida, se refuerza con prácticas como utilizar la comida para premiar o castigar conductas, las costumbres familiares donde se come o bebe en exceso como una forma de demostrar pertenencia, las imágenes en películas donde una mujer come helado tras un rompimiento amoroso y un hombre toma alcohol en exceso en un bar tras una decepción.

Comer sí es una forma válida de gestionar emociones; sin embargo, no debería ser la única. Pues cuando algo se vuelve nuestra única vía para tranquilizarnos, abusamos de ella.

Las emociones son respuestas psicofisiológicas que nos permiten adaptarnos a nuestro entorno. Las necesitamos para sobrevivir, relacionarnos y cuidarnos. No existen emociones buenas ni malas, toda emoción es válida y tiene una función. Desafortunadamente, la mayoría de las personas no reciben una adecuada educación emocional ni en casa, ni en la escuela, ni en la sociedad y, por ello, no saben identificar qué sienten, ni qué hacer con las sensaciones de cada emoción. Más aún, en algunas familias hay emociones que se prohíben expresar, como la tristeza o la rabia; o a veces, la alegría y el placer. Y entonces, se aprende a reprimir ciertas emociones y a expresar impulsivamente otras.

Y entonces, ¡entra la comida! Debido a que comer, beber o dejar de comer sí son formas socialmente válidas para gestionar emociones, es lógico que utilicemos ese recurso. Sin embargo, la gran paradoja es que lo que utilizamos para sentirnos bien, al final nos hace sentir mal. Pues cuando se abusa de la comida para regular emociones, se generan ciertas consecuencias negativas como las siguientes:

  • Culpa, arrepentimiento y vergüenza. Esto daña la confianza interior y autoestima.
  • Problemas digestivos.
  • Desconexión corporal, pues se ignoran las señales de hambre y saciedad.
  • Cambios en el metabolismo, regulación de la glucosa, tiroides y grasa corporal.
  • Desarrollo de algún trastorno de la conducta alimentaria, que son desórdenes mentales crónicos y graves.

 

Cómo saber si te comes tus emociones

  • Ingieres alimentos sin sentir hambre física.
  • Comes cuando deseas evitar una emoción desagradable o cuando deseas intensificar una emoción agradable.
  • Tienes antojos de alimentos que relacionas con seguridad, placer, amor o compañía.
  • Se te dificulta expresar tus emociones de una forma asertiva: las reprimes como si “no pasara nada”, o te desbordas sintiendo que “no puedes controlarte”.

 

Consejos para encontrar el equilibrio entre alimentos y emociones

  • Al sentir cualquier emoción intensa, ¡respira profundamente! Respirar es el recurso más alcanzable y efectivo para disminuir la intensidad emocional y desactivar la respuesta de estrés.
  • Muévete. Las emociones son energía contenida en el cuerpo y la mejor forma de darle salida es moviéndote.
  • Incorpora actividades agradables y relajantes a tu vida. El placer, el descanso y el autocuidado deben tener un lugar sagrado en tu agenda. De esa forma evitarás que el estrés se acumule.
  • Aprende a tolerar la incomodidad. Sí, en la vida no todo se va a sentir bien. Pero que algo se sienta incómodo, no quiere decir que sea peligroso y debamos huir de eso. En muchas ocasiones, comer es un recurso para evitar esa incomodidad. Quédate con ella, respirando, observando y dejando que pase.
  • No te prohíbas alimentos, cómelos conscientemente. La prohibición aumenta el deseo y genera atracón. Date permiso de comer lo que se te antoja, pero disfrútalo. Cómelo lentamente, como si fueras un catador.
  • Al sentir ganas de comer, realiza estas dos preguntas poderosas: ¿cómo me siento? y ¿qué necesito realmente?
  • Si sientes que tu forma de comer te abruma, afecta tu calidad de vida o salud, busca apoyo con un psicólogo especialista en alimentación.

 

Comer sí es una forma válida de gestionar emociones; sin embargo, no debería ser la única.